
Se supone que debo decir algo inteligente sobre el recientemente fallecido John Updike, lo cual es bastante difícil ya que Updike es (era) de esos escritores que uno calificaría de buen grado como “inteligente”. Es más, estos días gente más inteligente que yo (y tan considerada en esta bitácora como Joyce Carol Oates, Paul Theroux, Jonathan Lethem, Julian Barnes, ¡puf!) está diciendo de él cosas bastante más inteligentes que las que yo podría decir jamás, así que es probable que lo más inteligente por mi parte sea anotarme el tanto, decir que yo también he leído a Updike y que eso me convierte en una persona inteligente, aunque menos que él mismo y que toda esa gente que ahora escribe sobre él y que también lo ha leído.
Para colmo, es probable que haya leído a Updike demasiado pronto y eso, que a Updike no le hace ningún mal, me perjudica a mí como lector suyo, que puedo sacar pecho con que lo he leído sin estar seguro de hasta qué punto me he enterado de la patata. Este pecadillo de juventud lectora se remedia releyendo, deporte que quizá debería practicar más a menudo. Lo que sí puedo decir es que la inteligencia de Updike le resulta evidente incluso (o especialmente) al lector que comparece más sobrado de arrogancia que de experiencia. Y añado que mi visión del mundo puede deberle algo a Harry “Conejo” Armstrong, pero sin duda le debe mucho al entrañable Roger Mofeta de Should wizard hit mommy?. Lo cual, supongo, sólo puede interpretarse como una demostración de inteligencia por mi parte.
2 comentarios:
Según la teoría de mi abuela María, ese señor, por la quilla, era muy inteligente.
La gente de edad suele vincular la inteligencia con la calvicie o la miopía (efectivamente: Manri). Las grandes narices no suelen tener tan buena fama.
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