
La transformación de Bolaño en lo que podríamos llamar un "ícono pop" de la literatura de nuestro tiempo ha sido excepcionalmente veloz y ha contribuido a una serie de desplazamientos en la escena literaria que parecen haber sido previstos por el propio autor de Los detectives salvajes. (...) La recepción de su obra en el mundo angloparlante ha estado determinada por aspectos esencialmente biográficos y que se encuentran en consonancia con el estereotipo del escritor maldito a la manera de Chatterton, de allí las leyendas que lo presentan como una especie de heroinómano iluminado o las que lo muestran como un joven escritor enfebrecido escribiendo en un piso cochambroso de la calle Tallers de Barcelona, todas resultado de proyecciones y ansiedades sociales en torno a lo literario que recorren nuestra época.
Menos importante que la pregunta acerca de si estas circunstancias biográficas son reales, o no, resulta el hecho de que el interés por la obra está supeditado en muchos casos al interés por esas circunstancias, lo que (curiosamente) convierte a Bolaño en un escritor sin obra como los de algunos de sus libros (...).
Patricio Pron. Leer con y contra Bolaño. ABC Cultural. Madrid, 22 de enero de 2011
(...) Lo revestimos con la gloria de la decrepitud equivocándonos, ya que el escritor realmente enfermo no lo es, sino que lo está (...), y lo está con independencia de su condición de escritor.
(...) Roberto Bolaño escribió “Literatura + enfermedad = enfermedad” y luego murió para corroborarse. Uno supone que las palabras de Bolaño esconden más verdad porque no hay ninguna duda de que estaba enfermo; he ahí el tránsito absurdo de la certeza de la dolencia a la certeza de la literatura.
(...) Se revela así pues una verdad que duele, y es que en el escritor enfermo confluyen dos sustantivos, escritor y enfermo, y no un sustantivo y un adjetivo. El escritor enfermo es lo mismo que el enfermo escritor y no profundicemos por ahí o empezarán a brotarnos Alicia, el conejo y el sombrerero loco que estaba loco pero no enfermo, y el padre de todos, maese Carroll, ha pasado a la historia como un degenerado no precisamente físico, aunque lo lógico es pensar que moriría tras una larga enfermedad. El escritor está enfermo, a ver si me explico de una vez, y le toca curarse o morirse, pero no escribir mejor, de igual modo que el enfermo escribe y lo hace bien, regular o mal, pero no por ello es mejor o peor paciente.
El escritor enfermo es una muela cariada que aún mastica. El día que se derrumbe nos quedaremos sin ella y la lloraremos creyendo que era nuestra mejor muela. Pero no lo era. Sólo tuvo mala suerte.
El Hombre Molècula. Cartas a Poncio: La épica del escritor enfermo. Meirás, 20 de diciembre de 2003
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