
Los bancos son esas entidades con las que un día firmas un contrato que, de ahí en adelante, ellos se encargan de modificar unilateralmente y en su propio beneficio. Por ejemplo, hace sólo unos días mi banco me invitaba al taller de literatura de una poetisa mediática al tiempo que me avisaba de que se le acababa de ocurrir una nueva e ingeniosa comisión cuya inextricable mecánica tardé unos diez minutos en descifrar. Ahora acaba de decidir (sin consultarme, no hablemos ya de pedir mi consentimiento) que a partir del año que viene me cobrará 12 por lo que hasta ahora me cobraba 6. Porque yo lo valgo. Ni un lo siento, ni un perdona; un porqué ya es pedir demasiado. Total sólo es una subida del 100%.
Pero lo que me hace sentirme como un Bruce Banner borracho de radiación gamma es que esta entidad, a la que pago por entregarle mi dinero y no preguntarle qué es lo que hace con él, tenga además el cinismo de enviarme tarjetas navideñas o felicitaciones de cumpleaños repletas de unos buenos deseos que a todas luces se contradicen con sus actos.
Pongamos las cosas claras: ni me conocéis, ni os importo lo más mínimo, me queréis por y en proporción a mi dinero. Si de verdad os interesa granjearos mi simpatía, invertid los céntimos que os gastáis en esos envíos en cualquier negocio lucrativo (para vosotros) que me permita ahorrar el tiempo que gasto en abrirlos.




