
Miro y remiro
el artículo sobre la trilogía Millenium que
Mario Vargas Llosa publicó el domingo pasado en
El País y no me queda claro si lo que el peruano pretendía era elogiar las invasoras novelas de
Stieg Larsson o más bien lo contrario.
El artículo empieza con Vargas Llosa enroscándose la mitra bien adentro:
Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de lector al hacerme descubrir (…) todo aquello que el lector inocente (…) no percibe, lo que le permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa. O sea, espalládevos que vou centrar. Habiéndose situado en posesión de la verdad en lo que a calidad literaria se refiere y lamentándose de que ser un fuera de serie le aleje del goce rústico que proporciona la ignorancia, el escritor peruano intenta hacer pasar por elogioso un artículo que incluye frases como ésta:
La novela no está bien escrita (…) y su estructura es con frecuencia defectuosa. ¿Dónde reside, entonces, el valor de la obra? Pues al parecer en
la fuerza ciclónica de la historia, en
los percances, las intrigas, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas. Es decir, que Larsson era un mal escritor al que se le ocurrían buenas historias. Pues disculpe, pero si lo importante es la peripecia y ante más de 2000 páginas mal escritas y con fallos de estructura, yo casi espero por las películas, que en dos horas se despachan.
Pero oiga, ¡menudas historias se le ocurrían a Larsson!:
la trilogía se encuadra de manera rectilínea en la más antigua tradición literaria occidental, (…) la del Amadís, el Tirante y el Quijote. Jesúsvirgenmaría, Vargas Llosa no se anda con chiquitas a la hora de enmendar sus reticencias iniciales. ¿Y qué tradición es esa que vincula a Cervantes con Stieg Larsson? La de
aquellos personajes civiles que, en vista del fracaso de las instituciones para frenar los abusos y maldades de la sociedad, se echan sobre los hombros la responsabilidad de deshacer los entuertos y castigar a los malvados. Tradición de la que, supongo, podríamos hacer también partícipes a
Batman y las pelis de
Charles Bronson.
Y no sólo eso, hay otro aspecto brillante en la trilogía:
haber invertido los términos acostumbrados y haber hecho del personaje femenino el ser más activo, valeroso, audaz e inteligente de la historia y de Mikael, el periodista fornicario, un magnífico segundón. Algo que, en los tiempos de la corrección política, el peruano no duda en calificar de
éxito y sobre todo
novedad.
La impresión que a uno le queda tras leer este artículo es que, consciente o inconscientemente, Vargas Llosa necesita, para alabar las novelas de Larsson, situarse antes en una posición de superioridad. Su falso entusiasmo sólo revela condescendencia. Dicho de otro modo, más que expresarse con sinceridad, Vargas Llosa se comporta como un intelectual encopetado que juega a ser marchoso. Miles de lectores no han necesitado su visto bueno para leerse las novelas de Larsson y a mí personalmente me hubiera interesado bastante más que, en vez de improvisar unos elogios inconsistentes, hubiese explicado con más detenimiento por qué las novelas en cuestión están mal escritas y cuáles son esos famosos defectos de estructura.